Rituales de enterramiento

Publicado en por Emma Rodriguez

Los enterramientos más antiguos conocidos, en los que se procedía de una forma ceremonial, manipulándose al muerto, datan del cuarto milenio antes de Cristo.


En aquel tiempo, los sumerios amortajaban ya a sus difuntos, metiéndolos en cestos de juncos trenzados. Y los textos antiguos dicen que lo hacían "movidos por el temor".

El temor es una de las claves para entender este invento del ataúd, que es un intento de hacer imposible el retorno del muerto.

Así, no sorprende que la mayoría de los ritos y ceremonias funerarios tengan un origen común: el horror ante la eventualidad de que el espíritu del fallecido pudiera regresar al lugar donde había transcurrido su existencia.


Ya el hombre primitivo había puesto todo su celo cuidando al máximo los detalles, temeroso de que cualquier error u omisión en el desarrollo de las pompas fúnebres pudiera luego perturbar la paz de los vivos.


En los pueblos noreuropeos se ataba el cuerpo después de decapitarlo y de amputarle los pies. Así pensaban que evitarían el que los muertos persiguieran a los vivos.

A ese temor ancestral obedece, asimismo, la costumbre entre los pueblos mediterráneos antiguos de enterrar a los seres queridos lejos del poblado. Se pretendía engañar al difunto. Evitaban así que pudiera regresar al poblado. Para asegurarse, daban varias vueltas por los alrededores para "despistar" al muerto.


En muchas culturas antiguas se solía sacar el cadáver por la parte trasera de la casa, e incluso se llegaba a abrir un boquete en la pared por el que se sacaba el cuerpo del fallecido... orificio que era tapado inmediatamente después del entierro.

De aquella manera el difunto no sería nunca capaz de volver a su antiguo hogar.

Una receta de belleza recogida en el Anangaranga, famoso libro erótico hindú, recomienda a las mujeres que se pinten el rostro con cenizas procedentes de piras funerarias, recogidas dentro de un cráneo humano.

 

El ataúd tiene su origen en estos antiguos temores. Es cierto que la costumbre de enterrar al difunto bajo metro y medio de tierra podía ser suficiente, pero para mayor seguridad se tomó la precaución de encerrarlo en una caja de madera y clavar la tapa.

Los arqueólogos aseguran que el número de clavos que se ponía era a menudo exagerado. Y no contentos con estas precauciones, se cegaba la entrada de la tumba, o se la cubría con una pesadísima losa... es origen de la lápida.


Los ataúdes colgantes

Los ataúdes colgantes de los bos, una de las 56 minorías nacionales de la antigua China, son un conjunto de sepulcros que penden de los precipicios, y que por su extraña y majestuosa naturaleza han sido incluidos entre las reliquias culturales de preservación del país.


Se concentran principalmente en el dique Matang y el golfo Sumawan, de la meridional provincia de Sichuan.


Dicha zona acoge hoy a 265 sepulcros de este tipo, en lo que constituye la mayor concentración de los mismos en todo el país. Las tumbas se encuentran entre diez y 50 metros de altura. La más alta está a 100 m.

 

Existe una gran divergencia entre los círculos académicos sobre cuál de los grupos étnicos dio inicio a esta práctica. La creencia general es que pertenece a la minoría de los bos y liaos. En cuanto a su historia, no se sabe cuando se inició, pero sí que concluyó durante la dinastía Ming.

 

En algunas culturas de la antigüedad se solía enterrar a personas vivas en los cimientos de las futuras construcciones, para proteger el edificio de posibles infortunios.
Cuentan que, cuando fue levantada la ciudad de Tavoy, en el sur de Birmania, colocaron un delincuente en el hoyo de cada poste, para alejar a los malos espíritus. Este rito también fue utilizado por los druidas.

Aunque el Cristianismo, y anteriormente la tradición judía, veía con buenos ojos la visita a los cementerios, la mayoría de los pueblos antiguos jamás osaban acercarse al lugar del eterno reposo, en parte por un temor irracional a ser arrastrados al mundo de ultratumba.


El temor a la muerte fue el origen del luto.

En la tradición occidental se representó siempre con el color negro. Era una forma de mantenerse vigilantes durante los primeros meses, considerados los más peligrosos. Con el luto se pretendía evitar que el alma del muerto penetrara en el cuerpo de los familiares vivos: era un intento de borrar la propia imagen para despistar al alma en pena.


Tras el fallecimiento del marido, la viuda lloraba desconsoladamente sobre su ataúd, y se revestía de un largo velo negro. No lo hacía por respeto al difunto, sino por miedo al espíritu merodeador del esposo. El velo era una máscara o disfraz protector.


Entre algunos pueblos primitivos, el luto se expresa mediante el color blanco, embadurnándose con yeso todo el cuerpo.

Pretendían disfrazarse de espíritus, desorientando así a los posibles intrusos del mundo del más allá.


En la antigua Roma se enterraba a los difuntos al atardecer, guiados por un propósito muy concreto: despistar al muerto. Llevaban antorchas, y cuando llegaban al cementerio ya había anochecido del todo. Asociaban el fuego con la muerte: de hecho, la palabra "funeral" viene de la voz latina "funus", que significa "tea encendida".

Las mujeres de los indios Pies Negros, originarios de la actual región canadiense de Edmonton mostraban su luto por un familiar fallecido cortándose el pelo muy corto. Si el fallecido era el marido o un hijo -no una hija-, no sólo se cortaban el pelo, sino también una o más falanges de los dedos, y se desgarraban la piel de las pantorrillas.

 


La muerte no siempre se ha considerado el gran igualador de los hombres. En algunos templos de Escocia y del norte de Inglaterra, la zona norte del cementerio se reservaba a los criminales porque se consideraba de mala suerte.

Fuente:

"Historia de las cosas" de Pancracio Celdán.

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