Bielorrusia, la isla comunista de Europa

Publicado en por Pepola

 

mapCon una extensión inferior a la mitad de España, Bielorrusia es un país de segunda fila en el escenario internacional... es el último reducto comunista en el corazón de Europa.

Mientras otros totalitarismos de todo el mundo viven bajo el ojo inquisidor de Occidente, Bielorrusia se ha mantenido al margen de las críticas internacionales debido al complejo juego de intereses que giran en torno a este pequeño país eslavo.


Bielorrusia parece un modelo de dictadura parecido al de China o al de Rusia, pero con la ventaja de ser un país menos conocido, así que queda al margen de los medios de comunicación.

Rusos, polacos, lituanos y ucranianos se han disputado su territorio a lo largo de los siglos.

La primera “República Popular Libre e Independiente de Bielorrusia” se proclamó el 25 de marzo de 1918, pero apenas logró existir durante nueve meses. Después, la antigua “Rusia Blanca” se convirtió de nuevo en objeto de los deseos de expansión de sus vecinos hasta quedar, finalizada la II Guerra Mundial, definitivamente bajo el dominio de Moscú.

Bielorrusia fue una de las repúblicas más estables de la Unión Soviética. Era, cuentan sus habitantes todavía hoy con cierto orgullo, “la Alemania de la URSS”.

Caído el Telón de Acero, pudo recuperar la independencia. Tres años más tarde, en 1994, Alexander Lukashenko ganó las elecciones. Desde entonces, el “último dictador de Europa” mantiene con vida un curioso sistema de comunismo sin partido y abierto al intercambio económico.

Enclavado entre los límites nororientales de la Unión Europea y justo a las puertas del Kremlin, este país, de poco más de 10 millones de habitantes, se ha convertido en pieza clave en la lucha de poderes en la que se ven inmersos Moscú y Bruselas.

Es el último pedazo del pastel que aún no se han repartido Rusia y Occidente en la región y donde está en juego no sólo el equilibrio político, sino también un mercado de más de 70.000 millones de euros.

El presidente bielorruso ha sido visto siempre como un reducto aislado de la herencia soviética que navega a la deriva en medio de las dos potencias regionales. Pero, nada más lejos de la realidad, Lukashenko es un político hábil, decidido y de convicciones muy arraigadas.

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La represión de Lukashenko es sutil y mucho más inteligente que la de las viejas dictaduras. Oficialmente, en el país no hay presos políticos- cuando el gobierno quiere anular a alguien le amenaza con echarlo de la universidad o con acabar con su fuente de ingresos. El encarcelamiento es sólo necesario en casos puntuales y entonces se justifica con algún crimen común, como morderle un dedo a un policía. Además, Bielorrusia es el único país de Europa en donde se aplica la pena de muerte, refrendada en consulta popular en 1996.

En Bielorrusia, los medios de comunicación están totalmente controlados, sobre todo la televisión.

Aunque la libertad de viaje no está restringida, pocos bielorrusos pueden permitirse salir del país- sólo el visado para Europa cuesta 60 euros, cuando el sueldo medio se sitúa entre los 200 y los 350 dólares al mes.

Las reticencias de Washington hacia Minsk vienen de lejos. La Administración norteamericana no ve con buenos ojos su creciente relación con Irán, China o, sobretodo, Venezuela. Bielorrusia ha firmado varios acuerdos con Hugo Chávez entre los que se incluyen un derecho preferencial de explotación del yacimiento petrolífero del Orinoco, el más grande del planeta.

De este modo, Lukashenko sabe que su futuro pasa por salir de su burbuja comunista y seguir tensando la cuerda de la diplomacia con el objetivo, quién sabe, de lograr situar a la isla bielorrusa en el mapa de nuevo.

 

Fuentes:

periodismohumano.com

elimparcial.es

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